lunes, 22 de junio de 2009

Escrito en presente vertiginoso


Ramón Rocha Monroy


Habría que inventar un nuevo tiempo verbal para ubicar la escritura de la novela "El exilio voluntario", de Claudio Ferrufino Coqueugniot, que ganó el Premio Casa de las Américas 2009. Sugiero que se llame Presente vertiginoso, pues está escrita sin nostalgia, sin recuerdos gratos, ni siquiera trágicos, y sí, más bien, con una conciencia crítica, lúcida, desgarrada de ese presente vertiginoso que viven los latinos en los Estados Unidos.


La literatura de la nostalgia nos ha acostumbrado a diversas formas del tiempo pretérito, desde el famoso "había una vez" al bíblico "In illo tempore", pero la cruda realidad del exilio voluntario en los Estados Unidos no admite la nostalgia y sí, más bien, la prosa nerviosa, arrítmica, escrita en presente constante, como la que uno usa para contar los sueños y sobre todo las pesadillas.

El día en que Claudio se presentó frente a la Migra no hubo ningún agente que advirtiera el enormísimo peligro de admitir en el seno del monstruo americano una conciencia lúcida y crítica, ya trajinada en las ciencias sociales, en la poesía y en el periodismo, es decir, en el ejercicio de la palabra. Quizá no lo hubieran admitido si comprobaban que, lejos de limitarse a sobrevivir marcando tarjeta a las 11:56 de cada noche en una gigantesca distribuidora de vegetales donde trabajaba como peón, Claudio estaba registrando detalles, recordando las mudanzas sucesivas que signaron su primera juventud, incluida la memoria, tampoco nostalgiosa, del tiempo ¿dorado?, que vivió en la patria. Y que esos registros se traducirían en un libro ácido, denunciador, descarnado, visceral, que no necesita recurrir a asesinatos, para ser un testimonio de vida, porque sus páginas no registran un solo muerto, sino vida pura y vertiginosa.

El exilio voluntario te extirpa toda noción de patria, de idioma común, de comunidad de origen o de cultura, incluida la patria de la niñez que se adelgaza en la memoria porque ya no hay sitio en el disco duro acostumbrado al vértigo y la asfixia de la vida americana. El exilio voluntario es la invención de una nueva lengua, que es quizá la provincia más remota del castellano moteado con palabras mexicanas, salvadoreñas, cubanas, sudamericanas y claro, por supuesto, del inglés de emergencia que usan los latinos. Es una identidad nueva constituida por 50 millones de latinos que han incorporado a sus expresiones cotidianas las voces más cosmopolitas de este lado del mundo. Wacha la cana, carnal, tráete la fáquin troca para ir a la pachanga que se vino Totó la Momposina, yunóu?

Y sin embargo habría que preguntarse, como Vargas Llosa, en qué momento se jodieron los Esteits. Quizá todo se precipitó por la fáquin administración Bush y la crisis financiera y el desempleo masivo que acabó con el sueño americano, y aun con la pesadilla americana hecha de soledad, de extenuación, de sobrevivencia, de sixpack y brandy y mota pero sobre todo despertador y madrugada y sentir que te exprimen como a una naranja, y sin embargo no hay proyecto de retornar, pero la cosa se jodió y entonces es tiempo del retorno, aunque sea a sobrevivir con mote y charke, y a desarrugar el consuelo de volver a ver a los amigos, más viejos, y a la familia, más vieja, y a los muchachos y muchachas, más crecidos y con ganas de emigrar, ¿para qué?


Texto: BOLPRESS



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