sábado, 12 de septiembre de 2009

Moxos: La tierra de la Leyenda de El Dorado


Los ibéricos no pudieron conquistar esta región que alimentó sus fantasías de acceso a riquezas inagotables. Lo que no lograron las armas, lo consiguieron el brevario y la cruz a finales del siglo XVII, cuando los mojeños quedaron rendidos ante los jesuitas

Los mojeños dicen que los hombres no vinieron de otra parte, se originaron de la misma tierra, nacieron de la misma tierra como hierbas y después de que maduraron se desprendieron y empezaron a andar y hablar (Museo de Mojos).

Ignacio Apase García se acomoda en su escritorio de madera. A su derecha, una infinidad de caretas que parecen haber sido extraídas de cuentos de hadas y de terror, le observan. “Mojos viene de muiji en idioma ignaciano, que en castellano quiere decir paja. La provincia Muiji antes era pampa, pasto, un lugar lleno de paja natural donde criábamos a nuestros animales. Hasta que llegaron los que se apropiaron de nuestras tierras, nos explotaron y nos discriminaron”.

Aquellos a los que se refiere el Corregidor del Cabildo Indigenal de San Ignacio de Mojos son los carayanas, los blancos, los dueños de haciendas ganaderas, los terratenientes; aquellos que fueron sus patrones, sus amos hasta el anterior siglo. “Así cuentan nuestros abuelos. Yo viví todo eso, nos decían salvajes, nos pegaban y mataban, si querían. Hasta que en Muiji nació la idea de la Marcha por el Territorio y la Dignidad, el 15 de agosto de 1990. Así nos liberamos…”

El Gran Mojos era mítico. El territorio que hoy acoge al departamento del Beni, según cronistas, era el albergue de más de dos decenas de pueblos indígenas en la antigüedad: los nómadas aplicaban la caza y la recolección de alimentos; mientras que los sedentarios sobrevivían con la cacería, la pesca y, sobre todo, la tierra, y habitaban lomas, ríos, lagunas; entre estos últimos sobresalían los con sangre arawak en sus venas, los mojeños, los más poderosos de la región.

Avanzada era su tecnología. Construyeron lomas artificiales sobre terraplenes para salir a flote en las inundaciones y que usaban un sistema de riego similar al de los tiwanacotas en occidente. Estas lomas se comunicaban con “puentes” y tenían tres niveles: en el primero habitaban el Cacique y las autoridades; en el siguiente los cazadores y en el último, los cazadores. Allí se erguían sus casas circulares o rectangulares vestidas de carrizo y techos de ramas, pajas y pastos.

Por esos sitios caminaban hombres y mujeres cuyos paños menores estaban fabricados con algodón y la corteza del bibosi. Sus dotes artísticas salían a relucir con las piezas de plumas con figuras humanas y de animales. La cerámica iba unida con la pintura, y la artesanía lítica no estuvo ausente. La directora del Museo de Mojos, Patricia Sotelo Clavijo, sentencia que esto último demuestra su contacto con otras culturas occidentales, porque en el Gran Mojos no existen piedras.

El antropólogo Wigberto Rivero Pinto añade que en los “llanos de Mojos” se hallaron lomas, terraplenes, canales y camellones pre coloniales: un sofisticado sistema de control hidráulico en la pampa y el bosque. Aparte, las evidencias arqueológicas y los cronistas permiten decir que había unos 350.000 mojeños antes del siglo XVII. Pero esta población comenzó a decrecer por el contagio de males desconocidos, aquellos que trajeron consigo los militares españoles.

Es que tras el descubrimiento del Nuevo Mundo y la fundación de Santa Cruz de la Sierra, los inmigrantes ibéricos tomaron de nuevo sus armaduras y arcabuces para la conquista de un sueño: El Dorado, la tierra de las inagotables riquezas. Para ellos, el Gran Mojos era el epicentro de la leyenda. Sin embargo, el clima y los bosques inhóspitos, las plagas, las enfermedades y la resistencia de los indios, acostumbrados a la guerra de tribus, frenaron su avance en el siglo XVI.

De esta forma los hispánicos, ante el fracaso de sus intentos y para aligerar las pérdidas de sus internaciones, comenzaron a vender a los originarios cautivos como esclavos, el “maloqueo” se practicó a pesar de la prohibición de las normativas. Recién a mediados del siglo siguiente, el brevario y la cruz conseguirían lo que no pudieron las armas: los jesuitas ganaron la simpatía de los mojeños mediante regalos, el aprendizaje de su idioma y alejando a los militares de sus comarcas.

Desde 1667, Juan de Soto, José Bermudo y Julián de Aller se convirtieron en los tres primeros integrantes de la Compañía de Jesús en pisar el Gran Mojos y ser invitados por el cacique Mego a su comunidad. Ellos intentaron convencer a los indígenas para la conformación de las Misiones. No obstante, todo cayó en saco roto cuando plantearon la unión de diferentes aldeas, lo cual provocó que cunda el rumor que había un plan para entregarlos a los “cazadores de piezas”.

El historiador Orlando Montenegro Melgar manifiesta que en 1675 arribaron los padres José de Castillo, Agustín Zapata, Cipriano Barace y Lorenzo Legarda y entablaron contacto con la tribu de “mauremonos”, bautizada así por el nombre de su líder. Así, las cruces se plantaron en algunos predios como señal de amistad. Hasta que en 1682, la primera Misión fue la de Loreto, y le siguieron Trinidad (1687), San Ignacio (1689), San Francisco Javier y San José (1691), y después otras.

Rivero comenta que el modo de vida bajo el régimen de la reducción significó drásticos cambios para los originarios: asentamientos estables, la imposición de una lengua franca en lugar de los dialectos, la producción de bienes para la exportación (telas, productos agrícolas), la introducción de artes y oficios y del ganado vacuno en vez de la caza, la organización de Cabildos Indigenales y sobre todo la religión católica como eje central de la vida cotidiana del mojeño.

Bajo un acuerdo con la Corona española, las Misiones se convirtieron en sitios inexpugnables para los militares, que no podían ingresar para cometer atropellos. Ello afianzó la confianza de los indígenas hacia los párrocos y la predicación del evangelio, por lo cual los jesuitas se animaron a dar otro paso: todo vestigio de los cultos religiosos milenarios fue extirpado, hasta el arte curativo de los chamanes. Muestra de que los mojeños se habían rendido ante el catolicismo.

La música y el canto ahondaron más la relación entre los originarios y el nuevo Dios. Pero en 1767, ante el poder que iba acumulando la Compañía de Jesús en el Gran Mojos, el rey Carlos III determinó la expulsión de sus miembros de ese territorio inhóspito: 24 padres y hermanos fueron echados por el coronel Antonio de Aymerich y Villajuana, de los que sólo 14 aguantaron el duro viaje a Lima. Los mojeños estuvieron a punto de sublevarse, pero sus intenciones fueron sofocadas.

Las reducciones entraron en crisis, algunas fueron abandonadas. Muchos de los evangelizados, al no contar con el brazo protector de los jesuitas, volvieron al monte. El abuso de la Monarquía española contra los nativos se hizo patente y ante ello surgió Pedro Ignacio Muiba, cacique mojeño que denunció la situación que había provocado la desaparición de cinco de las 16 Misiones de la región. Fue detenido por el gobernador Lázaro de Rivera; aunque por poco tiempo.

La explotación retornó con el apoyo de los curas, en la época en que San Pedro Nuevo, asentamiento de la etnia canichana, era la capital mojeña, al ser sede de la Gobernatura y del Vicariato de Moxos. Período cuando su cacique Juan Maraza, se encargó de instalar el primer gobierno indígena de la historia, con policía incluida, al expulsar al gobernador Miguel Zamora y Treviño por los atropellos cometidos; así se convirtió en 1802 en el “jefe de todos los pueblos de Mojos”.

Sin embargo, Maraza fue controlado después por el gobernador Pedro Pablo de Urquijo, quien le otorgó el título de Cacique Vitalicio de Mojos, el Bastón de Mando y le llenó de condecoraciones y regalos. Entonces, Muiba se volvió su enemigo acérrimo, al igual que de todo representante de la Corona en la zona. La discordia entre los dos caciques dio pie a leyendas y versiones encontradas entre seguidores de ambos: los canichanas enaltecen la figura de Maraza, y los mojeños, de Muiba.

Estos últimos sostienen que Muiba, desde 1804, se lanzó a pregonar la libertad y la recuperación de los territorios de los indígenas, siendo apresado por las autoridades por agitador y posteriormente liberado. En 1818, retomó su discurso junto al loretano José Bopi; ambos se enfrentaron con De Urquijo en Trinidad, que escapó y con ayuda de Maraza retornó tras una matanza que no perdonó mujeres ni niños. Aprehendido, Muiba fue colgado de un árbol al ser llevado a San Pedro.

Maraza, luego, no dejó que otros gobernadores ibéricos vaciaran las riquezas de la zona para financiar la resistencia contra el avance del Ejército libertador. Es así que en 1822, llegó Francisco Xavier Velazco, quien lo asesinó en San Pedro tras intentar arrebatarle el Bastón de Mando. El hijo del cacique se vengó al poco tiempo, quemando los Archivos de Moxos, por lo cual se trasladó la capital del Gran Mojos a Trinidad, lo cual está vigente tras la creación del Beni en 1842.

No obstante, la República, en vez de traer mejores días para los indígenas tras su nacimiento en 1825, acuñó la explotación en los telares comunales de las ex Misiones y con el boom de la extracción de la goma entre 1870 y 1910, lo cual coincidió con la huida de cientos de mojeños para buscar la Loma Santa, en 1887, al mando del jefe trinitario Andrés Guachoco, quien se proclamó Mesías y fue abatido por los dueños de los siringales, apoyados por las autoridades.

Los hacendados fueron apropiándose de grandes extensiones de tierra con la venia de los gobiernos de turno. La Guerra del Chaco provocó igualmente que los nativos sean reclutados, que abandonen sus tierras, lo que fue aprovechado por los ganaderos, los carayanas, los blancos. Abusados, inquilinos en su tierra propia, los mojeños rearticularon los éxodos a la Loma Santa hasta que una movilización similar acabó en la Marcha por el Territorio y la Dignidad de 1990.

El Estado reconoció recién sus derechos agrarios y hasta hoy avaló tres tierras comunitarias de origen de su propiedad. Del Gran Mojos queda una provincia con ese nombre. Los que se reconocen como mojeños son los de San Ignacio, Trinidad, San Javier y Loreto, y es en este primero donde se mantienen casi intactas las costumbres antiguas; es capital de la provincia Mojos que tiene una superficie de más de 33.000 kilómetros cuadrados y posee unas 23.000 almas.

Apase informa que existen unas 105 comunidades mojeñas a nivel provincial y anuncia un censo para contabilizar los benianos identificados con esta etnia; más de 26.000, según datos extraoficiales. “Pero San Ignacio es el sitio donde nuestra cultura está más viva”, expresa sin dubitar. Un paraje de gente cordial. Lugar declarado Patrimonio histórico y Urbano del Oriente Boliviano en 1997, y Capital Espiritual de los Pueblos Misionales Jesuíticos del Cono Sur. Localidad donde el Gran Mojos resucita en la fiesta de su patrono: San Ignacio de Loyola.

El éxodo a la Loma Santa

Moisés nunca pisó suelo mojeño, pero los indígenas de esta región tuvieron su éxodo, dejaron sus aldeas y peregrinaron varias veces en busca de la “tierra prometida”, la “tierra sin mal”, la Loma Santa. Precisamente estas movilizaciones dieron pie a la célebre Marcha por el Territorio y la Dignidad de 1990, protagonizada por los pueblos de tierras bajas. Paradójicamente, los que la impulsaron no tienen hasta ahora respuesta plena a su demanda territorial: los mojeños ignacianos.

El antropólogo Jorge Riester explica que la búsqueda de la Loma Santa es el equivalente a la de la “tierra sin mal”, movimiento mesiánico en el cual toman parte, desde hace más de un siglo, tribus de los llanos benianos, y desde 1965, colonos de la montaña de las regiones de La Paz y Beni; un mito igual presente en los guarayos cruceños y los guaraníes de Santa Cruz, Tarija y Chuquisaca. Y su historia se remonta a la época del auge gomero oriental, fines del siglo XIX.

Se originó como una forma de huida de los trabajos forzosos en los siringales. El primer levantamiento estuvo dirigido por el mojeño trinitario Andrés Guachoco, en 1887, quien se llegó a proclamar Mesías, la encarnación de la Santísima Trinidad por intermedio de la cual hablaban Jesús y la Virgen María, que le habían comunicado que la raza de los blancos era “maldita”, por lo que debía ser expulsada del territorio mojeño, y esto desembocó en cruentos enfrentamientos en Trinidad.

Guachoco fue asesinado por las autoridades locales por quitarles mano de obra. Pero se convirtió en un referente para insertar en la mentalidad de los originarios la aspiración a recobrar sus predios ancestrales arrebatados por estancias ganaderas y empresas madereras. Según Riester, hubo otros tres movimientos similares después de 1900, en San Lorenzo, San Francisco y San Ignacio de Mojos, respectivamente; el tercero sucedió en 1962. Aunque pudo haber otros más.

Esta tesis es manejada por Ismael Guzmán Torrico, técnico del Centro de Investigación y Promoción del Campesinado (Cipca), quien alega que el último éxodo a la Loma Santa fue en 1984, cuando varias comarcas mojeñas lograron poblar terrenos de lo que hoy es el Territorio Indígena Multiétnico (TIM). Es innegable que estos hechos concienciaron a estos indígenas en la lucha por la tierra y el territorio, lo que desembocó en la petición de tierras comunitarias al Estado.

Para Riester, la Loma Santa significa “bienestar material” y económico, y para los mojeños el asentamiento en ésta implica un caro anhelo: independencia de los carayanas o blancos. Los originarios sostienen que quienes no lleguen a la Loma deberán trabajar para sus necesidades; mientras que ésta será el paraíso terrenal para los inmigrantes; la expresión de un edén cristiano en el cual creen y creyeron desde que fueron seducidos por las enseñanzas de los misioneros.

Desde la Marcha de 1990, los mojeños, los que la iniciaron, tuvieron que lidiar contra viento y marea para obtener la propiedad de una porción de tierra, incluso más que los integrantes de otras etnias regionales. En su contra jugaron, por un lado, el poco apoyo, la corrupción y la división de sus dirigentes departamentales, lo cual provocó su separación de la Central de Pueblos Indígenas del Beni para conformar su propio ente: la Central de Pueblos Étnicos Mojeños del Beni.

Otros puntos problemáticos en el asunto se presentaron por la negligencia de funcionarios del Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA) y su cooptación por parte de ganaderos, compañías forestales y/o terceros involucrados en el proceso de saneamiento de los predios. Fue una guerra declarada entre las partes, con enfrentamientos, disparos y heridos en el camino. Hoy, la provincia Mojos, tal como expone Guzman, tiene tres Tierras Comunitarias de Origen avaladas.

El Territorio Indígena Multiétnico fue creado en 1990, tiene 25 aldeas habitadas por indígenas mojeños trinitarios e ignacianos, yuracarés, tsimanes y movimas; la demanda inicial comprendía 419.000 hectáreas, pero se reconocieron poco más de 354.000. Otro es el Territorio Indígena Parque Nacional Isiboro Sécure, con 58 villorios donde se asientan varios pueblos originarios; fue reconocido en 1990, cuando se planteó su extensión de 1.236.296 hectáreas, de las que se avalaron 806.300.

El tercero es el Territorio Indígena Mojeño Ignaciano, con 19 comarcas. Fue demandado desde 1999, aunque hasta ahora continúan las pugnas en la zona: de las 98.000 hectáreas solicitadas, solamente 46.000, o sea el 47,53 por ciento, han sido certificadas. ¿Por qué? Guzmán dice que su consolidación fue afectada por la parcialización del INRA con los terceros interesados, sobre todo los ganaderos, y porque éstos expropiaron tierras a varias de las comunidades.

Aparte, el peligro ronda estos territorios. El antropólogo Wigberto Rivero Pinto remarca que “la explotación de recursos como la madera o el petróleo”, la ampliación agrícola y la extensión de sembradíos de coca contaminan el medio ambiente. “El hábitat es amenazado por la explotación irracional de la madera, por empresas extractivas de Beni y Cochabamba, por colonos collas”. Ante estos atropellos, la autonomía indígena es vista por los mojeños como una futura solución.

Los “jichis” que cuidan la naturaleza

Ichinichichana cuida a los animales, Eyeye vive en los hormigueros y salitrales, A´eana habita las aguas y hechiza y roba a las personas, Siripuku es un torbellino que destruye todo a su paso, y Kataisisi, anuncia desgracias

Los mitos de Isireri son variopintos. La versión de Luis Rivero Parada señala que Isireri era un niño de nueve años cuyo nombre significa "anguila grande" en castellano. Isireri, un día acompañó a su madre a lavar ropa a un yomomo, uno de esos lugares húmedos y fangosos que emergían por su comarca. Por la noche, al haber acabado su faena, la mujer llamó a Isireri. Pero no podía encontrarlo. “¡Isireri!... ¡Isireri!”, gritaba. Hasta que oyó la voz aterrada del infante desde el fondo del yomomo: “¡Meme Chicha!... ¡Meme Chicha! (Mamacita, mamacita)”. De pronto, nada. Cundió el silencio.

Al poco rato, la mujer miró sorprendida cómo el sitio se iba llenando de agua, mientras seguía llamando a su hijo. “¡Isireri!... ¡Isireri!” Pero nada. Isireri no respondía. Es así que corrió a su aldea y volvió con los pobladores, que no creyeron lo que vieron: el pantano se había convertido en una inmensa laguna de aguas cristalinas. Isireri no apareció nunca más y el jefe de la tribu decidió bautizar al lago con el nombre del niño. Desde ese día, Isereri se convirtió en el jichi o espíritu tutelar del cuerpo de agua y adoptó la forma de una gigante sicurí o anaconda.

Los jichis son seres cuidadores de los bosques, los animales, las plantas… Generalmente se los recrea mitad saurio y mitad culebra, y forman parte de la mitología mojeña. No obstante, Isireri parece ser más que un cuento. En San Ignacio de Mojos se relata que hace pocas décadas, un grupo de científicos que estudió la laguna Isireri, al revisar su profundidad, recolectó agua fangosa para analizarla y halló una sicurí de ojos brillantes y amarillos que fue cazada y trasladada a una universidad de la capital beniana. Al poco tiempo de lo sucedido, el lago se fue secando y los ignacianos reclamaron que la comitiva devuelva al animal a su hábitat. Tanta fue la presión, que los investigadores cedieron, sobre todo para ver qué pasaba. Grande fue su desconcierto al observar que a la jornada siguiente, el sitio había recuperado su caudal. Para muchos, esa anaconda era Isireri.

Y hay más. Un jesuita suizo que llegó a San Ignacio la anterior década, y al que le gustaba ir a la laguna a bañarse, relató que un día se le apareció en el lugar un anciano que le pidió: "No te asustes, tengo un mensaje para tí que quiero que se lo digas al pueblo. Estoy muy viejo y cansado, por eso necesito un suplente que reemplace, porque si no San Ignacio se va a inundar". Y desapareció. Al rememorar el cura lo sucedido a los ignacianos, éstos llegaron a la conclusión de que el personaje era Isireri, y estaría pidiendo la ofrenda de otro niño en la laguna, para que ésta no se desborde. Más aún porque según estudios posteriores, debajo de la iglesia de la localidad hay una cueva que se une con el lago, donde además los ignacianos creen que existe un inmenso cocodrilo que pronto emergerá de las profundidades.

De acuerdo con un panel informativo del Museo de Mojos, la religión mojeña "adopta la encadenación de muchos dioses; unos particulares de ellos y otros comunes a todos; unos casados y otros solteros; cada uno con diferente empleo y misterio; algunos son pertenecientes al agua y a los peces y otros responden al cielo y a la tierra; otros son de los sembrados, otros de la tierra, otros de los tigres". La directora de la galería, Patricia Sotelo Clavijo, argumenta que esta cosmovisión se basa en chamanes, curanderos y espíritus de los bosques, de las aguas y de los animales.

Una investigación del Centro de Estudios Jurídicos e Investigación Social (CEJIS) establece que los indígenas mojeños tienen varios espíritus cuidadores de la naturaleza, entre los que sobresalen: Ichinichichana, el Tigre, amo del monte, de los animales, de todo lo que existe en la naturaleza y que se convierte en bueno o malo dependiendo de la actitud de la persona que lo encuentre; otro es Eyeye, espíritu del monte que no sólo es hallado en los hormigueros, sino también en los salitrales del monte o en las pampas.

Otro es A´eana, la Sicurí, amo de las aguas que se presenta a los humanos como sirena o arco iris blanco (una neblina) para así hechizar y robar a las personas; un ejemplo de esta creencia es la laguna Isireri. Después está Siripuku, el Huracán, que vaga por la tierra bajo la apariencia de torbellinos pequeños, arrastrando a toda clase de malezas, y que en el centro de éstos llevaría una víbora fina. Y por último está el más maligno de todos, Kataisisi, igualmente denominado Ichinikutare y Suistu´i, el espíritu que anuncia accidentes, muertes o destrucción en las familias.

En San Ignacio también se cree que los bufeos o delfines de las aguas dulces de la región, se pueden transformar por las noches en bellas mujeres que buscan parejas por las aldeas. El técnico del Centro de Investigación y Promoción del Campesinado (CIPCA) Ismael Guzmán Torrico dice que hay dos deidades que siempre aparecen en las historias mojeñas: el Sol y la Luna, sobre todo esta última, que hasta ahora guía muchos aspectos de su vida. Y también se habla del Tigre-Hombre.

No obstante, la leyenda más conocida es la de Isireri, quien en una orilla de la laguna tiene hoy un monumento en el que se lo ve sujetando una enorme víbora. Otra versión de su historia dicta que volvió a su casa tras haberse perdido. Le contó a su madre que estuvo en un paraíso y lo habían invitado para quedarse. Para ser aceptado, debía pasar una prueba, que su madre lo encierre en un cuarto oscuro durante toda la noche, y no lo abra pase lo que pase. Ella escuchó gritos al hacerlo. Y no aguantó más. Y abrió la puerta.

Pero no encontró a Isireri, sino a una sicurí con lágrimas que brotaban de sus ojos. El animal se habría comido al niño, o Isireri se habría transformado en éste. Anaconda que después se internó en un agujero del bosque, de donde emergió agua y más agua, hasta que se conformó una laguna, la que hoy precisamente se llama Isireri.

Las explicaciones mitológicas sobre la danza y el disfraz de los macheteros

Sin duda, la danza de los macheteros es la más representativa de la etnia de los mojeños. Bailarines que igualmente son llamados chiripieruanas y chirpirionos. De acuerdo con los datos del Museo de Mojos, el plumaje semicircular del sombrero de esta personaje representa el majestuoso recorrido diario del Sol, desde sus primeros rayos hasta su ocaso vespertino; relación dada en el nombre mismo del plumaje en idiomas mojeños: tayuse te sache, o sea "los últimos rayos del Sol".

"También parece ser que indica la mitad del año solar (el recorrido del Sol entre los dos solsticios), representada por unas 180 plumas, entre grandes y chicas, que los grandes plumajes tradicionales contienen, y cada una de ellas representa un día. Cada machetero lleva en su cabeza toda una cosmovisión y un calendario. Baila en la aurora y en el anochecer: recibe al sol naciente y lo despide; recibe la vida anual y la despide; recibe la vida de cada generación y la despide".

Uno de los paneles de la galería mojeña explica además que la cola que sale del plumaje por la espalda simboliza al Tigre, relacionado con el Sol en el mito panamerindio de los dos mellizos hijos del Tigre, que un día subieron al cielo y se convirtieron uno en Sol y otro en Luna. El machetero igual está relacionado con la tierra a través de los cascabeles de semillas en sus tobillos, símbolo de fertilidad y alimento. Aparte, su machete guerrero habla de lucha por la vida cultural, histórica y comunal.

Pero sus misterios no se quedan sólo en esto. "Hoy se cree que la danza simboliza la ´defensa firme de la comunidad´ para que el Tigre no entre en ella, y que representa, prepara y adelanta simbólicamente la caza comunitaria de este simbólico animal relacionado míticamente con el Sol y al que los antiguos tuvieron siempre gran veneración y respeto, pero cuya captura celebraban con fiesta de triunfo y cuya cabeza colgaba como trofeo en la pared de la casa comunitaria".

Texto y foto: Amazonía de Bolivia

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